Amor implícito
Abrió la puerta del jardín de invierno y se encontró con lo que nunca hubiese esperado ver. Un ser diminuto y adulto había aparecido encima de su preciada Alovera. Tenía los rasgos de un joven de unos veintipico. Solo después de desperezarse sobre las carnosas hojas verdes, sin tocar ninguna, observó la gigante compañía.
Dudó unos minutos, pero decidió tomarlo entre sus manos para apreciarlo de cerca. Nunca cesó su miedo a lastimarlo, tal vez eso fue lo mejor. La confianza puede generar las heridas menos esperadas. Le preguntó: "¿Quién sos?". Como si su apariencia humana bastase para comprender idiomas, dilucidar dudas, zurcir soledades. Pero el sujeto no fue capaz de emitir el mínimo sonido. Sin embargo, logró comunicar algo. Extendió su humanoide mano, como queriendo acariciar la ineludible presencia. En ese acto puede que haya querido decir: en vos confío. Así lo leyó ella, deseosa de percibir una relación doméstica en el primer encuentro.
No solía ser tan directa con los desconocidos, un aire de pesimismo rondaba todo nuevo encuentro. Pero decidió inconscientemente no darle a este un carácter de ajeno, le parecía que la fragilidad de ambos estaba más o menos equilibrada. O puede que solo por conveniencia haya creído en tal fragilidad.
Los días siguientes fueron solo un poco menos intrigantes. Cuando ella despertaba, soñando con inminentes encuentros, él repasaba la planta como buscando algo de qué avergonzarse para quitarlo. Escondiendo una sonrisa, esperaban el encuentro de cada día. Ambos manejaban algunos códigos gestuales. El pequeño ser agitaba las manos cuando precisaba su atención, algunas veces se llevaba las manos a la boca deseoso de comer algo. Las más de las veces la incitaba a que se acercase, solo para poder verla de cerca. Después disfrutaba de cualquier propuesta que ella le hiciese. Lo usual era que, luego de acercarle unas deliciosas migajas, compartieran un rato de música o dibujos. Lograron un leve éxito con las películas mudas, pero los símbolos más complejos se obstinaban en aparecer a pesar de la ausencia de los sonidos y palabras. Solían coincidir en sonrisas y llantos, pero no mucho más que eso. Alguien hubiera podido aportar que eso era ya una gran coincidencia, pero aquella persona nunca apareció.
Transcurridas algunas semanas siguieron disfrutando de los rituales cotidianos, aunque cada vez con menor entusiasmo. Algunas veces prefirieron no hacer lo de siempre, puede que hasta hayan preferido no verse. Probablemente hubiesen intentado comunicárselo el uno al otro de haber podido. Pero lo consideraron imposible. Por lo que siguieron simulando entusiasmo a la espera del real.
Algunas veces el entusiasmo apareció, pero los recursos de comunicación ya habían sido contaminados con la rutina. Conscientes ambos de esto, decidieron simular hasta el punto del hartazgo.
Una mañana, cuando ella despertó de una pesadilla que nunca recordó, decidió que no podía seguir como si nada sucediese. No le resultaba justo mantener lo que parecía una relación solo por comodidad con alguien a quien nunca comprendió. Con énfasis abrió la puerta del vivero, como generando un ambiente de decisión que le ayudaba a tomar envión y tal vez generar el silencio adrenalínico suficiente para pensar en una solución. Sin embargo no tuvo sentido más que para sí. El pequeño ser se encontraba atravesado por una espina, abrazado a la hoja. Junto a él, un dibujo se leía en la veteada superficie. Nadie que lo haya visto pudo descifrar su significado. Solo él supo el significado de aquello que escribió: el amor no es suficiente.


