sábado, 10 de febrero de 2024

El picante de la cuadra

El picante de la cuadra


Es común, cada barrio de por medio, la presencia de un gato guapo. Si uno se muestra bien predispuesto a escuchar tales historias, y cuenta con un poco de mala suerte, aparecerá alguien que necesita hablarnos de la vez que un gato se le paró de garras a un par de robustos perros sin erizársele un solo pelo. 


Podemos imaginarnos alguna artimaña de evasión cortez destinada a ese tipo de sujetos y conversaciones. Pero lograr escapar suele ser un asunto más trágico. Podríamos estar suspirando anticipadamente por creerlas eficaces. En las primeras ocasiones de lo que a todas luces era una maldición, a penas creyente de la fuga alguien gritaba, tal vez tomándome del brazo: y eso no es nada, una vez… y ahí sí, me resultaba imposible salir del obstinado bucle de anécdotas y anecdotarios. 


Era sábado a la noche, participada de una reunión en conmemoración a algún suceso inolvidable supongo. Otra vez estaba en una reunión, intentando no quejarme de lo aburrido para no incitar a la irónica conciencia que escribe los destinos a que volviese con la maldita treta de las historias de gatos. Cuando sucedía, lo tomaba como un recordatorio: siempre se puede estar más aburrido. Esquivando el viejo, tóxico y añorado recurso del vino caliente , empecé a dar vueltas. Sondeaba los temas de conversación, un poco ensimismado como si estuviese yendo al baño a modo de defensa. Como si la maldición estuviese al acecho, esperando que me acercara para comprometerme a escuchar los mismos relatos una y otra vez.


En esas vueltas pude notar algunas regularidades, muchas mujeres hacían lo mismo que yo y escapaban de los relatores infatigables. Algunas personas se reían, eso me tentaba a participar. Pero a medio metro me enteraba que hablaban de lo que temía, aunque a veces con otros animales, o cosas, en distintos barrios y hasta personas, pero siempre con pomposidad.


Una de esas regularidades fue la perpetua templanza de una mujer, parecía soportar con la más callada de las actitudes cada una de las conversaciones en las que participaba. Estuve seguro que las soportaba, de alguna manera sé que no se interesaba. Soportaba humildemente, sin parecer sufrir. Parte de la noche la envidié. Luego necesité entender su método. Me acerqué al grupo del que participaba arriesgándolo todo.


-Entonces el michi blanquito y café, pegó una vuelta en el aire y le gruñó al ovejero alemán…- una voz burlona y entusiasmada me sentenciaba a la derrota.


Malditamente resignado y preguntándome si todavía quedaría algo de ese vino picado, escuché una voz nueva. Era ella.


-Cuando vivía en la casa de mis viejos, en la cuadra supo dominar las veredas un gato callejero – todos prestamos atención, creo que supimos que hablaba alguien que tenía algo para decir de en serio-. Nunca supe su nombre, tampoco me acuerdo del color del pelo por si alguno se lo pregunta- parecía muy seria para burlarse de alguien, sin embargo lo hizo-. Un día, unos no tan pequeños sociópatas tiraron una caja con cuatro cachorros de gato en el patio de un baldío custodiado por unos salvajes perros. Yo los vi desde la ventana de mi cuarto. Uno de ellos salió entre las estrechas rejas protegiendo a sus tres hermanitos, que temblaban del miedo. Un rato después, encontraron a los perros bajo un coche abandonado, al que les costó abandonar por unos días.


Algunos escépticos estaban por interrumpir cuando la voz relajada continuó con toda eficiencia: A los pocos días adoptaron a los tres cachorros que sobrevivieron, pero cuando las familias se acercaban al arbusto donde merodeaban, uno de ellos nunca salía. Rechazando el cuidado hogareño se quedó por algunos años, sin amos ni dueños.


Poco a poco fue dominando la cuadra. Una vez un labrador que parecía jactarse de pasear a sus cuidadores, chumbaba a cualquier ser vivo que se acercaba al lugar donde pretendía olfatear. Inconsciente del terror al que se exponía, encaró para el arbusto del gato, embistiendo personas, bolsas de basura y tensando la correa a niveles férreos. A unos metros del encuentro, el gato se levantó sin apuro y caminó como provocando. Remató con una frenada y volteó para ver a su potencial persecutor. El perro estalló en tirones, ladridos y saliva, fue demasiado para el novato paseador y se le soltó. Como midiendo cada metro, cada segundo con una habilidad superior, subió un muro en el instante preciso para que el perro, ciego de ira, le diese un cabezazo a la pared. Atontado y tambaleando se fue hacia su casa. Nunca más lo pasearon por esa cuadra.


-Y eso no es nada- creyó ser oportuno un tipo, al que la mirada neutra de la mujer le acomodó las creencias.


-A medida que crecía resultaba más notorio quien gobernaba esa cuadra. Pero cada tanto algún vecino nuevo se mudaba, o adoptaba un perro que desconocía el asunto. En cada caso, a los pocos días, por más bravos que sean, aceptaban los términos que los precedían. Por las buenas o por las malas. Un día algo puso en crisis el estatus quo. Mientras paseaba, detectó un intruso cerca de su arbusto, era distinto a cualquiera de los rivales que le habían hecho frente hasta el momento. 



Unos vecinos adoptaron un gato, y había salido a recorrer los alrededores de su nuevo hogar.  A penas se percibieron quedaron inmóviles, mirándose con un tono escéptico. En un fugaz movimiento en el que el orden perdió sentido comenzó la persecución esperada. Aunque con un espíritu muy distinto al usual, aquel que defendía su cuadra no estaba seguro de estar persiguiendo todo el tiempo, de seguro tampoco era la presa. Se revolcaron en la tierra seca, saltaron consecutivamente uno contra el otro. Rodeados de flores, hojas y envoltorios de capitán del espacio, parecían llevar a cabo una coreografía sin límites. Tiraron floreros, rompieron gajos, quebraron macetas en casi todas las casas. Los perros expectantes miraban, nunca un entredicho había durado tanto en esa cuadra. Guiados por el júbilo comenzaron a trepar la casa más alta. Tenía tres pisos y un altillo con techo de teja colonial. Escalaban eléctricamente alturas que jamás fueron necesarias. 


Al llegar al tejado, tras tirar algunas piezas sueltas que estallaron en la vereda, ambos descansaron un poco, alejados. Ahí podían hacerlo, nadie los veía y el prestigio podía esperar unos minutos. Creo que en ningún momento entendió que estaba pasando. Me imagino su cara, esa que ponen los gatos cuando se sorprenden dos o tres veces en la vida. De de repente el intruso saltó para seguir con lo que estaban. Desconcertado, nuestro protagonista, intentó esquivarlo, apenas pudo elegir una mohosa teja al borde del techo. También estaba suelta. Recién mientras caía, instantes antes de morir, entendió que estaba jugando.


El grupo quedó en silencio, esquivando miradas. Tanteando de forma desprolija caminos de retirada. Algunos hicieron fuerza para reclamar una revancha por el terreno que acababan de perder infructuosamente.  


Ya solos, sobre esa docena de elegantes baldosas que nos habían sostenido mientras duró la clase magistral, me presenté. Y con leve esperanza intenté aportar: recuerdo la historia del gato gris de mi profesor particular, era  bastante áspero en pelaje y modales...


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