Estamos en Quilmes con la madre, la hermana y la tía de Matias Cofritti, un joven que fue arrollado por una camioneta F-100 -aquellas de carácter indestructible y que probablemente trasciendan la humanidad, las cuales visualizamos inmediatamente al pensar en los tambaleantes servicios de mudanza del conurbano bonaerense -. El incidente sucedió en una parada del 257. Las mujeres están muy afligidas- dos tercios de la afirmación era cierta, la hermana se veía entusiasmada por salir en la tele. En un principio no quisieron hablar por creer de inoportuno dar entrevistas. En un momento como este ¿Quién pensaría en dar entrevistas? Sin embargo, mediante una llamada telefónica, los productores del noticiero consiguieron convencerlas de la importancia de dar su testimonio antes de que este se viese enviciado por la calma.
- Eugenia: ¿Qué sintió cuando se enteró de lo que le había pasado a su hijo? – la madre rompe en llantos y congoja en el hombro de la tía-. Es entendible, resulta inmenso el dolor de hablar de aquello que todavía no fue asimilado. Tengamos en cuenta que se está atravesando el duelo. Hace solo 2 horas lo atropellaron, la familia se enteró hace 35 minutos. Ni siquiera pudieron ver el cadáver el Matías.
-¡Cadáver? ¡Nos dijeron que estaba en terapia intensiva! – ruge la tía que ya venía acumulando bronca.
-Me comunica el productor que ese es el próximo caso a cubrir en Avellaneda ... Matías habría llegado muerto al hospital –la madre se desvanece- Momento, le pedimos a los televidentes que disculpen la desprolijidad. Matías está en terapia intensiva. Es difícil mantener el rigor en un momento de semejante excitación.
-¡Queremos justicia! –grita la tía mientras la sujeta firmemente a pesar que el cuerpo de Eugenia parecía insistir en desparramarse, oportunamente, en la vereda del hospital.
Era evidente que el odio nublaba su juicio, exigía justicia en el momento donde todavía debiera ser irrelevante. Lo justo y la pena suelen ser cosas distintas en la mayoría de los casos. En realidad ni siquiera se dirigía a la institución que pretenciosa y cínicamente se hace llamar así. Sino a un castigo al que se le da la ingenua tarea de resarcir el pasado, recomponer lo perdido desde la completa ajenidad con el perjudicado. Sin embargo repite separando en sílabas - ¡JUS – TI – CIA! – mientras la desvanecida se reanima con los gritos.
- ¡Mi hijito!
-Descuide señora, cometimos un error. Su hijo está en terapia intensiva.
El notero se sostiene el aparato en su oreja, aquel que le marca el ritmo de su conducta interpretando el juicio de quien, del otro lado, evalúa la forma de transmitir el mensaje de la forma más sensacionalista posible.
- Me corrigen los compañeros de producción ¡Un dato de último momento desde el hospital! – la madre se cubre la frente con la palma de la mano y parece perder el equilibrio nuevamente- Matías sigue en terapia intensiva ... por el momento. Esperamos noticias minuto a minuto.
Mirando a la tía pregunta: ¿Quién es Matías Cofritti?
- Matías es un buen chico…-el oportuno notero interrumpe. - ¿Es trabajador no? - las señoras asienten - Buen hermano e hijo…- asienten de nuevo- Estudioso. ¡Amigo de sus amigos! ¡¿no es cierto?!- mientras la señoras afirman e intentan secundar aquello que sospechaba un completo desconocido sobre Matías, entre afirmación y afirmación sin pifiarle al ritmo, la hermana lo interrumpe.
- Como casi todos los lunes salía de un boliche amanecido, probablemente borracho, para el trabajo. Es muy vago, me molesta todo el tiempo, fue a la secundaria de noche pero no terminó ni los primeros dos años y desde que se metió con la amiga de su mejor amigo todos lo dejaron de lado.
El entrevistador hacía fuerza para no dar señales de que, según él y el discurso de su editorial, aquello desmentía que era un buen chico. La madre le dirige una mirada claramente violenta a su hija. -Pero eso no lo hace un mal chico - agregó la hermana para después callar y escudarse detrás de la tía.
-Como decía, lo que importa es que es un buen chico, de eso no cabe duda. Iba a trabajar y lo atropellaron injustamente, sin ninguna razón. El no hiso nada. Yo siempre le digo que …
El movilero la interrumpe, esta vez oportunamente. Nadie quiere escuchar lo que alguien dice siempre, es agotador.
-Me informan que el conductor luego de atropellarlo, demolió la parada de colectivo, abatió un robusto poste de cemento, dos árboles medianos y entró a un local para luego salir por el otro extremo del negocio rumbo al hospital de la otra cuadra. En una milésima de segundo consideró que una vez superado estos obstáculos, y teniendo en cuenta la calidad del servicio de su compañía celular, era mejor avisar directamente al hospital que hacer una llamada telefónica al 911.
-¡A dónde vamos a ir a parar? – gruñó la tía salivando al movilero- Este país está como está por corruptos e inconscientes como el conductor ¡Tienen que volver la colimba! ¡Esto no dá para más! – Su ira provenía de una larga acumulación, seguramente desde antes de que hayan atropellado a su sobrino, aunque probablemente de mucho más.
Al final el reportero da pie a otros 5 casos de personas atropelladas con horarios de emisión, repetición y análisis de cada caso. Para relajar la transición de cada caso, los productores cometen a cruel gentileza de intercalar los casos con videos de gatitos, perritos y bebes siendo graciosos, tiernos o molestados por sus protectores. Se despide de las mujeres y da pie al estudio. Allí una presentadora opina que el caso es terrible y que la indignación casi le hace imposible seguir su labor. Pero logra sobreponerse profesionalmente y a continuación presenta la sección “¡Más chuuu!”.
A los accidentes de tráfico y los videos de animales, crueldades e hipócrita ternura le siguió la sección de robos. Era notable la dedicación de los productores por superar la barbarie caso a caso.
Ramón, que miraba el programa en su casa, se levantó del sillón y tomó el celular para buscar un teléfono. Mientras tanto, en el noticiero, una pareja muestra un billete de 1000 pesos a un pibe de 7 años, el pibe intenta agarrarlo pero no puede por ser víctima de repetidas tomadas de pelo acompañadas del famoso “Oosooo”. Al final queman el billete en su cara. Los adultos ríen y el pibe llora.
Ramón pudo mantener la calma por lo menos en apariencia, sin embargo estaba solo en la casa. Encontró el número de teléfono que buscaba pero decide cambiar de actividad. Como si nada sucediese, miró por una ventana de que da a la calle. Nada sucedió. Hasta que pasan caminando dos ancianos de la mano, luego de unos pocos minutos pasó una mujer con un cochecito de bebé y una joven paseando a dos perros, uno grande y uno chico. Algo en la escena le hizo pensar que el segundo estaba alzado. Ramón no fue consciente que ese algo solo está en su cabeza. De repente, invadiendo de una forma brutal y esperada la rutinaria escena, un adolescente pasó montado en una tabla de skate. Eso lo hizo estremecer y soltar la persiana inmediatamente. Por las dudas no se lo preguntó, pero tiene una reprimida sospecha que lo conmovió su vestimenta, particularmente la combinación de capucha con gorra de visera. No perdió tiempo. Se abalanzó sobre el teléfono y marcó el número que había encontrado anteriormente. La línea está ocupada una, dos, nueve veces. Hay dos líneas más pero le pasó lo mismo. Insistió hasta ser atendido. La comunicación le resultó impostergable, aparentemente también al resto de las personas que lo hicieron en ese preciso momento.
Inesperadamente una voz lejana y expectante le dijo: “Puertas Chaco s.a, si no es etéreo no la penetraran ¿En qué podemos ayudarlo?”

Realmente muy bueno. Fluido y es un buen texto para reflexionar. 🤔
ResponderEliminar