sábado, 26 de enero de 2019

Santa Teresita 2

ALGUNOS PERROS LADRAN MUCHO. 

Algo que me encanta de Santa Teresita, es que no suelo escucharlos como en Quilmes. Sin embargo sucede que en la zona definida por la calle 10, 7, 35 y 39 se resisten a contribuir a la tranquilidad de la ciudad. No se puede caminar más de treinta metros sin que algún desaforado se tire contra algún tejido o reja, interrumpiendo el silencio de la manera más cruel. Sádicos son aquellos no solo que gozan con el sufrimiento ajeno, sino también los que se lo toman como un imperturbable deber. Puede que aquellos perros no tengan la complejidad mental para así definirlos, pero no me suena tan desatinado. Lo admito, me irritan demasiado. No tanto por los ladridos en si, sino por lo que me significan. Juro que cuando ladran me juzgan. Es un juicio cruel y estrepitoso, como si fuese una bruja rodeada de antorchas y cristianos furiosos. No es que crea que tienen algún sexto sentido, algo así como un sentido canino común, pero algo saben. Seguro no es un pecado en si, sino una presunción de pecado. Algo que notan en mis expresiones corporales. Nadie que camina como pidiendo perdón está limpio pensarían si pensaran. Puede que sea mi olor o el ruido que hago al caminar, mis articulaciones no son las mismas. 

Para recorrer el camino más corto para ir a la casa de mi amiga María, que vive sobre la 8 casi esquina 39, tengo que caminar cuatro cuadras por aquel territorio dominado por los alaridos desenfrenados. Y, si bien ya de pensarlo me estaba arrepintiendo un poco, ahí me dirigía. Por eso de la 33, me iba despidiendo de los perros que, o bien me ignoraban por completo, o bien se acercaban por algún gesto de promiscuo cariño ¿Qué hace que unos estén a favor de la contaminación sonora y otros en contra? ¿Serán las malas experiencias con algún vecino provocador de criaturas enjauladas? De esos no faltan en ningún lado. Hay quienes disfrutan de promover en otros la ira solo porque se saben, o se creen, protegidos por algún artefacto o conveniencia. 

Mi ansia fue en vano, como casi toda ansia. Ese día, tal vez por ser horario de siesta o por el calor desconcertante que hacía, los perros no ladraron. Alguno que otro lo intentó, pero el salir de la sombra y gastar la preciada saliva, los desalentaron. Llegué sin la rabia acostumbrada, casi sonriendo. "Estoy abajo" mensajeé, a lo que respondió "me atrasé, en un toque llego". Cuando comenzaba a sentir la incomodidad que antecede al aburrimiento me apoye en un tilo de voluptuosa sombra. En la vereda estaba Pancho, un viejo perro un poco siberiano, medio policía y algo de alguna raza que nadie supo distinguir en muchos años. Un primo de María, estudiante de veterinario, dijo que tenia algo de pastor alemán. Nadie le solía hacer caso a aquel tipo, esa no fue la excepción. Pero no era la mezcla lo que lo hacia diferente. Sucede que ninguna de las veces que nos encontramos me ladró. Miraba con una pesada presencia, como quien aparenta entenderlo todo pero calla para no dilucidar sospechas. No...mejor duchi, como quien calla porque lo entiende todo, por lo tanto sabe que cuando uno es pertinente al suceso que transcurre, son pocas las cosas que caben decirse. También puede ser que solo sea un perro obstinadamente tranquilo. Me pregunto si el nombre influyó a la disposición del perro o al revés. La cosa es que se me acercó, como sugiriendo una caricia en el lomo, pero sin entusiasmarse con la idea. Mientras lo hacia, jugando le pregunté:
-¿Qué opinas? ¿Debería esperar o dejar el asunto para otro día?
Detesto aburrirme. Si bien sé que no es así, prefiero seguir pensando que la vida es un juego. El perro se sentó a mi lado y me hizo gracia interpretarlo como respuesta.
-Jajaja, te voy a hacer caso entonces.
Pasaron cinco minutos y me cansé de recordar las veces que hice esperar a María para alimentar mi paciencia. No me podía ir sin resultar un forro, y por algún motivo eso todavía me pesa. Seguro es un buen motivo.
-¿Y pancho? ¿Cómo te tratan las perras del barrio?- en ese momento se paró y defecó en la vereda. ¿Para tanto che? Que mal...- me pareció percibir una sutil angustia, por si acaso lo acompañe en silencio.
Iban diez minutos, me estaba acostumbrado a esperar y la fantasía de tener un diálogo semejante me distraía un poco.
-¿Por qué se ladra? - Pancho abrió el hocico- Pará! Antes de que me contestes, quiero desarrollar una idea. Aquellos que ladran buscan ante todo ser escuchados, y lo buscan con tantas ganas, que creen que las variables a modificar son el volumen y la violencia de sus gestos. Eso es común en la naturaleza de un animal - mientras tanto una señora de la cuadra salió a barrer una vereda que me pareció lo suficientemente limpia como para conjeturar una patológica curiosidad por la charla entre un hombre y un perro- Lo complicado viene cuando las personas gritamos. Muchas veces no nos damos cuenta que lo hacemos hasta cuando ya todo se ha roto. Generalmente buscamos dotar de relevancia una idea, postura o capricho - por algún motivo la vecina, que ya no disimulaba ser chusma, parecía indignada por lo que decía-. Deliramos con que aquello que va a prevalecer es la intensidad del grito por sobre la rigurosidad del discurso. Y ese delirio se cumple como que el día siguiente a otro va a ser fin de semana. O sea, dos de cada siete veces más o menos ¡Demasiado! - la señora entró a su casa dando un portazo- . Pensándolo mejor, tiene algún sentido gritar, por lo menos mientras nos resulte más relevante la violencia. Pero los perros no intentan sostener ninguna idea supongo ¿Por qué lo hacen? ¿Buscan comunicar algo? ¿Disfrutan del caos provocado?
Mientras pancho miraba a un perro que pasaba como buscando complicidad para la respuesta, llegó María.
-Disculpame pibe, tenia todo calculado y me encajaron un asunto de prepo en el laburo. No me quedó otra que hacer lo que me pidieron.
-No te hagas drama, pancho me hizo compañía.
- Y si.... ¡si es un perrito mas bueno! -decía mientras le agarraba el hocico por debajo y lo movía de un lado a otro.
Pancho soportaba, porque entre tantas cosas que entendía, no se olvidaba que el guiso de la vieja de María es el mas rico de toda la cuadra. Es una de esas cosas de las que solo los perros callejeros se avivan.
-Dale, no perdamos más tiempo del que estuviste esperándome. Dejo el bolso y partimos.
María entra a su casa y quedo nuevamente solo con pancho. El juego del diálogo se había terminado. Es importante saber el punto en donde dos sujetos ya no necesitan seguir hablando, aunque hayan quedado preguntas sin responder. Ignoro muchas cosas, pero eso no.
-Aquel que ladra sufre -dijo una voz algo ronca.
Me pegué un susto como cuando era pibe y de repente tenia la certeza que un fantasma me veía a mis espaldas. Estaba muy seguro que estaba solo en la cuadra. Nadie, ni una sombra, ni un recuerdo pasaban en ese momento más que pancho y yo.
-Debe haber sido un vecino desde la ventana  -dije balbuceando bajo, como para convencerme e intentar darle una escusa a una posible entidad sobrenatural.
María salió de la casa y encaró para la 39, de ahí íbamos a la peatonal. No me alejé de ella, camine lo más rápido que el mantener la apariencia de tranquilidad me lo permitió. Todavía no sé el porqué, pero antes de llegar a la esquina miré hacia atrás. Pancho me guiñó un ojo y encaró para una labradora que pasaba, no era del barrio.

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