domingo, 7 de abril de 2019

El show del morbo


Estamos en Quilmes con la madre, la hermana y la tía de Matias Cofritti, un joven que fue arrollado por una camioneta F-100 -aquellas de carácter indestructible y que probablemente trasciendan la humanidad, las cuales visualizamos inmediatamente al pensar en los tambaleantes servicios de mudanza del conurbano bonaerense -. El incidente sucedió en una parada del 257. Las mujeres están muy afligidas- dos tercios de la afirmación era cierta, la hermana se veía entusiasmada por salir en la tele. En un principio no quisieron hablar por creer de inoportuno dar entrevistas. En un momento como este ¿Quién pensaría en dar entrevistas? Sin embargo, mediante una llamada telefónica, los productores del noticiero consiguieron convencerlas de la importancia de dar su testimonio antes de que este se viese enviciado por la calma.

- Eugenia: ¿Qué sintió cuando se enteró de lo que le había pasado a su hijo? – la madre rompe en llantos y congoja en el hombro de la tía-. Es entendible, resulta inmenso el dolor de hablar de aquello que todavía no fue asimilado. Tengamos en cuenta que se está atravesando el duelo. Hace solo 2 horas lo atropellaron, la familia se enteró hace 35 minutos. Ni siquiera pudieron ver el cadáver el Matías.

-¡Cadáver? ¡Nos dijeron que estaba en terapia intensiva! – ruge la tía que ya venía acumulando bronca.

-Me comunica el productor que ese es el próximo caso a cubrir en Avellaneda ... Matías habría llegado muerto al hospital –la madre se desvanece- Momento, le pedimos a los televidentes que disculpen la desprolijidad. Matías está en terapia intensiva. Es difícil mantener el rigor en un momento de semejante excitación.

-¡Queremos justicia! –grita la tía mientras la sujeta firmemente a pesar que el cuerpo de Eugenia parecía insistir en desparramarse, oportunamente, en la vereda del hospital.

Era evidente que el odio nublaba su juicio, exigía justicia en el momento donde todavía debiera ser irrelevante. Lo justo y la pena suelen ser cosas distintas en la mayoría de los casos. En realidad ni siquiera se dirigía a la institución que pretenciosa y cínicamente se hace llamar así. Sino a un castigo al que se le da la ingenua tarea de resarcir el pasado, recomponer lo perdido desde la completa ajenidad con el perjudicado. Sin embargo repite separando en sílabas - ¡JUS – TI – CIA! – mientras la desvanecida se reanima con los gritos.

- ¡Mi hijito!

-Descuide señora, cometimos un error. Su hijo está en terapia intensiva.

El notero se sostiene el aparato en su oreja, aquel que le marca el ritmo de su conducta interpretando el juicio de quien, del otro lado, evalúa la forma de transmitir el mensaje de la forma más sensacionalista posible.

- Me corrigen los compañeros de producción ¡Un dato de último momento desde el hospital!  – la madre se cubre la frente con la palma de la mano y parece perder el equilibrio nuevamente- Matías sigue en terapia intensiva ... por el momento. Esperamos noticias minuto a minuto.


Mirando a la tía pregunta: ¿Quién es Matías Cofritti?

- Matías es un buen chico…-el oportuno notero interrumpe. - ¿Es trabajador no? - las señoras asienten - Buen hermano e hijo…- asienten de nuevo- Estudioso. ¡Amigo de sus amigos! ¡¿no es cierto?!- mientras la señoras afirman e intentan secundar aquello que sospechaba un completo desconocido sobre Matías, entre afirmación y afirmación sin pifiarle al ritmo, la hermana lo interrumpe.

- Como casi todos los lunes salía de un boliche amanecido, probablemente borracho, para el trabajo. Es muy vago, me molesta todo el tiempo, fue a la secundaria de noche pero no terminó ni los primeros dos años y desde que se metió con la amiga de su mejor amigo todos lo dejaron de lado.

El entrevistador hacía fuerza para no dar señales de que, según él y el discurso de su editorial, aquello desmentía que era un buen chico. La madre le dirige una mirada claramente violenta a su hija. -Pero eso no lo hace un mal chico - agregó la hermana para después callar y escudarse detrás de la tía.

-Como decía, lo que importa es que es un buen chico, de eso no cabe duda. Iba a trabajar y lo atropellaron injustamente, sin ninguna razón. El no hiso nada. Yo siempre le digo que …

El movilero la interrumpe, esta vez oportunamente. Nadie quiere escuchar lo que alguien dice siempre, es agotador.

-Me informan que el conductor luego de atropellarlo, demolió la parada de colectivo, abatió un robusto poste de cemento, dos árboles medianos y entró a un local para luego salir por el otro extremo del negocio rumbo al hospital de la otra cuadra. En una milésima de segundo consideró que una vez superado estos obstáculos, y teniendo en cuenta la calidad del servicio de su compañía celular, era mejor avisar directamente al hospital que hacer una llamada telefónica al 911.

-¡A dónde vamos a ir a parar? – gruñó la tía salivando al movilero- Este país está como está por corruptos e inconscientes como el conductor ¡Tienen que volver la colimba! ¡Esto no dá para más! – Su ira provenía de una larga acumulación, seguramente desde antes de que hayan atropellado a su sobrino, aunque probablemente de mucho más.

Al final el reportero da pie a otros 5 casos de personas atropelladas con horarios de emisión, repetición y análisis de cada caso. Para relajar la transición de cada caso, los productores cometen a cruel gentileza de intercalar los casos con videos de gatitos, perritos y bebes siendo graciosos, tiernos o molestados por sus protectores. Se despide de las mujeres y da pie al estudio. Allí una presentadora opina que el caso es terrible y que la indignación casi le hace imposible seguir su labor. Pero logra sobreponerse profesionalmente y a continuación presenta la sección “¡Más chuuu!”.

A los accidentes de tráfico y los videos de animales, crueldades e hipócrita ternura le siguió la sección de robos. Era notable la dedicación de los productores por superar la barbarie caso a caso.

Ramón, que miraba el programa en su casa, se levantó del sillón y tomó el celular para buscar un teléfono. Mientras tanto, en el noticiero, una pareja muestra un billete de 1000 pesos a un pibe de 7 años, el pibe intenta agarrarlo pero no puede por ser víctima de repetidas tomadas de pelo acompañadas del famoso “Oosooo”. Al final queman el billete en su cara. Los adultos ríen y el pibe llora.

Ramón pudo mantener la calma por lo menos en apariencia, sin embargo estaba solo en la casa. Encontró el número de teléfono que buscaba pero decide cambiar de actividad. Como si nada sucediese, miró por una ventana de que da a la calle. Nada sucedió. Hasta que pasan caminando dos ancianos de la mano, luego de unos pocos minutos pasó una mujer con un cochecito de bebé y una joven paseando a dos perros, uno grande y uno chico. Algo en la escena le hizo pensar que el segundo estaba alzado. Ramón no fue consciente que ese algo solo está en su cabeza. De repente, invadiendo de una forma brutal y esperada la rutinaria escena, un adolescente pasó montado en una tabla de skate. Eso lo hizo estremecer y soltar la persiana inmediatamente. Por las dudas no se lo preguntó, pero tiene una reprimida sospecha que lo conmovió su vestimenta, particularmente la combinación de capucha con gorra de visera. No perdió tiempo. Se abalanzó sobre el teléfono y marcó el número que había encontrado anteriormente. La línea está ocupada una, dos, nueve veces. Hay dos líneas más pero le pasó lo mismo. Insistió hasta ser atendido. La comunicación le resultó impostergable, aparentemente también al resto de las personas que lo hicieron en ese preciso momento.

Inesperadamente una voz lejana y expectante le dijo: “Puertas Chaco s.a, si no es etéreo no la penetraran ¿En qué podemos ayudarlo?”


sábado, 26 de enero de 2019

Santa Teresita 2

ALGUNOS PERROS LADRAN MUCHO. 

Algo que me encanta de Santa Teresita, es que no suelo escucharlos como en Quilmes. Sin embargo sucede que en la zona definida por la calle 10, 7, 35 y 39 se resisten a contribuir a la tranquilidad de la ciudad. No se puede caminar más de treinta metros sin que algún desaforado se tire contra algún tejido o reja, interrumpiendo el silencio de la manera más cruel. Sádicos son aquellos no solo que gozan con el sufrimiento ajeno, sino también los que se lo toman como un imperturbable deber. Puede que aquellos perros no tengan la complejidad mental para así definirlos, pero no me suena tan desatinado. Lo admito, me irritan demasiado. No tanto por los ladridos en si, sino por lo que me significan. Juro que cuando ladran me juzgan. Es un juicio cruel y estrepitoso, como si fuese una bruja rodeada de antorchas y cristianos furiosos. No es que crea que tienen algún sexto sentido, algo así como un sentido canino común, pero algo saben. Seguro no es un pecado en si, sino una presunción de pecado. Algo que notan en mis expresiones corporales. Nadie que camina como pidiendo perdón está limpio pensarían si pensaran. Puede que sea mi olor o el ruido que hago al caminar, mis articulaciones no son las mismas. 

Para recorrer el camino más corto para ir a la casa de mi amiga María, que vive sobre la 8 casi esquina 39, tengo que caminar cuatro cuadras por aquel territorio dominado por los alaridos desenfrenados. Y, si bien ya de pensarlo me estaba arrepintiendo un poco, ahí me dirigía. Por eso de la 33, me iba despidiendo de los perros que, o bien me ignoraban por completo, o bien se acercaban por algún gesto de promiscuo cariño ¿Qué hace que unos estén a favor de la contaminación sonora y otros en contra? ¿Serán las malas experiencias con algún vecino provocador de criaturas enjauladas? De esos no faltan en ningún lado. Hay quienes disfrutan de promover en otros la ira solo porque se saben, o se creen, protegidos por algún artefacto o conveniencia. 

Mi ansia fue en vano, como casi toda ansia. Ese día, tal vez por ser horario de siesta o por el calor desconcertante que hacía, los perros no ladraron. Alguno que otro lo intentó, pero el salir de la sombra y gastar la preciada saliva, los desalentaron. Llegué sin la rabia acostumbrada, casi sonriendo. "Estoy abajo" mensajeé, a lo que respondió "me atrasé, en un toque llego". Cuando comenzaba a sentir la incomodidad que antecede al aburrimiento me apoye en un tilo de voluptuosa sombra. En la vereda estaba Pancho, un viejo perro un poco siberiano, medio policía y algo de alguna raza que nadie supo distinguir en muchos años. Un primo de María, estudiante de veterinario, dijo que tenia algo de pastor alemán. Nadie le solía hacer caso a aquel tipo, esa no fue la excepción. Pero no era la mezcla lo que lo hacia diferente. Sucede que ninguna de las veces que nos encontramos me ladró. Miraba con una pesada presencia, como quien aparenta entenderlo todo pero calla para no dilucidar sospechas. No...mejor duchi, como quien calla porque lo entiende todo, por lo tanto sabe que cuando uno es pertinente al suceso que transcurre, son pocas las cosas que caben decirse. También puede ser que solo sea un perro obstinadamente tranquilo. Me pregunto si el nombre influyó a la disposición del perro o al revés. La cosa es que se me acercó, como sugiriendo una caricia en el lomo, pero sin entusiasmarse con la idea. Mientras lo hacia, jugando le pregunté:
-¿Qué opinas? ¿Debería esperar o dejar el asunto para otro día?
Detesto aburrirme. Si bien sé que no es así, prefiero seguir pensando que la vida es un juego. El perro se sentó a mi lado y me hizo gracia interpretarlo como respuesta.
-Jajaja, te voy a hacer caso entonces.
Pasaron cinco minutos y me cansé de recordar las veces que hice esperar a María para alimentar mi paciencia. No me podía ir sin resultar un forro, y por algún motivo eso todavía me pesa. Seguro es un buen motivo.
-¿Y pancho? ¿Cómo te tratan las perras del barrio?- en ese momento se paró y defecó en la vereda. ¿Para tanto che? Que mal...- me pareció percibir una sutil angustia, por si acaso lo acompañe en silencio.
Iban diez minutos, me estaba acostumbrado a esperar y la fantasía de tener un diálogo semejante me distraía un poco.
-¿Por qué se ladra? - Pancho abrió el hocico- Pará! Antes de que me contestes, quiero desarrollar una idea. Aquellos que ladran buscan ante todo ser escuchados, y lo buscan con tantas ganas, que creen que las variables a modificar son el volumen y la violencia de sus gestos. Eso es común en la naturaleza de un animal - mientras tanto una señora de la cuadra salió a barrer una vereda que me pareció lo suficientemente limpia como para conjeturar una patológica curiosidad por la charla entre un hombre y un perro- Lo complicado viene cuando las personas gritamos. Muchas veces no nos damos cuenta que lo hacemos hasta cuando ya todo se ha roto. Generalmente buscamos dotar de relevancia una idea, postura o capricho - por algún motivo la vecina, que ya no disimulaba ser chusma, parecía indignada por lo que decía-. Deliramos con que aquello que va a prevalecer es la intensidad del grito por sobre la rigurosidad del discurso. Y ese delirio se cumple como que el día siguiente a otro va a ser fin de semana. O sea, dos de cada siete veces más o menos ¡Demasiado! - la señora entró a su casa dando un portazo- . Pensándolo mejor, tiene algún sentido gritar, por lo menos mientras nos resulte más relevante la violencia. Pero los perros no intentan sostener ninguna idea supongo ¿Por qué lo hacen? ¿Buscan comunicar algo? ¿Disfrutan del caos provocado?
Mientras pancho miraba a un perro que pasaba como buscando complicidad para la respuesta, llegó María.
-Disculpame pibe, tenia todo calculado y me encajaron un asunto de prepo en el laburo. No me quedó otra que hacer lo que me pidieron.
-No te hagas drama, pancho me hizo compañía.
- Y si.... ¡si es un perrito mas bueno! -decía mientras le agarraba el hocico por debajo y lo movía de un lado a otro.
Pancho soportaba, porque entre tantas cosas que entendía, no se olvidaba que el guiso de la vieja de María es el mas rico de toda la cuadra. Es una de esas cosas de las que solo los perros callejeros se avivan.
-Dale, no perdamos más tiempo del que estuviste esperándome. Dejo el bolso y partimos.
María entra a su casa y quedo nuevamente solo con pancho. El juego del diálogo se había terminado. Es importante saber el punto en donde dos sujetos ya no necesitan seguir hablando, aunque hayan quedado preguntas sin responder. Ignoro muchas cosas, pero eso no.
-Aquel que ladra sufre -dijo una voz algo ronca.
Me pegué un susto como cuando era pibe y de repente tenia la certeza que un fantasma me veía a mis espaldas. Estaba muy seguro que estaba solo en la cuadra. Nadie, ni una sombra, ni un recuerdo pasaban en ese momento más que pancho y yo.
-Debe haber sido un vecino desde la ventana  -dije balbuceando bajo, como para convencerme e intentar darle una escusa a una posible entidad sobrenatural.
María salió de la casa y encaró para la 39, de ahí íbamos a la peatonal. No me alejé de ella, camine lo más rápido que el mantener la apariencia de tranquilidad me lo permitió. Todavía no sé el porqué, pero antes de llegar a la esquina miré hacia atrás. Pancho me guiñó un ojo y encaró para una labradora que pasaba, no era del barrio.

Santa Teresita

Durante una de las más agradables visitas a Santa Teresita decidí recorrer las cercanías de la playa por la mañana. Mientras mis compañeros de aventuras se recuperaban de una larga noche, me dispuse a disfrutar de la belleza del lugar. Cerca de la costa me encontré con unas mujeres que parecían danzar con una habilidad asombrosa. Sus movimientos eran etéreos, como dejando una estela de hermosos recuerdos, un rastro de placer y deseo irresistible. No sé cómo, pero en un momento, me encontré a mitad de camino, acercándome más a cada segundo. Algo de mi conciencia percibía el peligro de tal falta de control y luchaba por evitar el encuentro. Pensaba que aquello no era necesario y debía seguir mi camino, sabía que no tenía ninguna excusa para justificar el inminente encuentro, aunque eso no me detenía. Ningún intento fue suficiente y sin notarlo me presenté ante ellas.

-Buen día.

Todas saludaron con una sonrisa. Una de ellas se adelantó y mirándome directamente a los ojos con una sencibilidad que nunca voy a olvidar dijo:

-Bienvenido viajero. Si deseás algo puede que este sea el lugar y yo sea la indicada para conseguírtelo ¿Qué buscás?

Esa pregunta me recordó que no era mi voluntad estar ahí. Su mirada seguía enlazada con mi alma como con un hilo de marioneta. Busqué en mi cabeza miles de excusas en un segundo, lo que garantizó una exploración superficial e inútil. En seguida noté un destello de aburrimiento en sus ojos. No lo soporté y me arriesgué a responder algo bastante general y poco jugado.

-Busco ser un héroe… o por lo menos un hombre decente.

-Esa es la mayor de las hazañas, no puedo cumplir con tal alto deseo. Solo puedo concederte algún pequeño milagro. Si elegís bien, puede ayudarte a cumplir tu destino.

-Eso no tiene nada de especial – dije decepcionado con la cabeza baja y las manos en los bolsillos, pateando un caracol del suelo- Un milagro tiene que ser grande, debe cambiarlo todo. Un pequeño milagro sucede todos los días, se llama suerte. A mí no me interesa aquella suerte que no es generada por mi esfuerzo. O sea, no me interesa la suerte. Esperaba que al menos… - me tocó el hombro un instante y me guio hacia un viejo baúl con prendas de vestir bellas pero que sin embargo parecían vulgares.

-Estas son prendas que dan dones al que las vista. Tenés que seleccionarlas según su belleza. Podés preguntarme por la magia de solo 3. Pero te vas a llevar una o dos, dependiendo del poder de cuales elijas.

Sin decir una palabra empecé a revolverlas, resisaba desganado una a una. Sinceramente no me interesaban. Pero al ver a la piba mirándome expectante, danzando tan sutilmente, la magia volvió a manejar mi voluntad y me colgué del baúl con una pierna al borde y la otra por fuera, en punta de pie. Decidí meterme de lleno, a buscar y revisar hasta la última y más desdeñable zunga (odio las zungas). Recordé como estaba vestido, mis prendas eran aceptables a excepción de mi short. Era casi nuevo pero a los 2 días de uso lo manché con una espuma sintética aparentemente capas de durar en la tela más que la tela misma. Aunque siempre lo llevaba limpio parecía sucio, como manchado recientemente con algún tipo dulce de leche eterno. No me había dado cuenta de la pinta que tenía al hablar con ella. Pero pensé que si tenía alguna oportunidad de amor, convenía cambiar aquella prenda lo antes posible. No fui muy sensato, las mujeres desean a uno por otras cosas que poco tienen que ver con giladas como esa. Pero estaba cautivado y no pienso con claridad, menos en esos casos. Encontré uno naranja fluorescente. Razoné que por lo menos sería fácil de encontrar en la playa. Podría ser un punto de referencia, como alguien de rastas o con la remera de Boca. Algo útil. Salí de entre las prendas para mostrárselo.

-Me gusta este ¿Para qué sirve?

-Ahhh… creo que estas eligiendo por practicidad y no por belleza. Ese es “El Faro de Día”. Refleja la luz de una manera tan fuerte que todos te van a ver y tener en cuenta. Siempre que lo uses estarás presente en el pensamiento de los que te rodean.

-¡Eso es terrible! Hay pocas cosas más importantes para mí que me dejen tranquilo. Sería el centro de amores no deseados y de críticas crueles.

- A si es, lo llevan mucho. Te advertí que eligieras según tu parecer estético. La belleza es la única verdad…o por lo menos la que única que vale la pena.

Seguí buscando. Encontré dos más. Uno era azul Francia con lunares blancos. Otro tenía un fondo negro con tallos verdes y flores rojas, parecían unas rozas rústicas, primitivas.

-¿Y estos?

- El azul es el modelo “Dioniso”, tiene el don de extender la juventud. Aquel que lo vista será joven por más tiempo. El negro se llama “Búho en Rosal”, brinda sabiduría. Quien lo vista comprenderá la complejidad de su entorno. Entenderá las fuerzas de la naturaleza y se adentrará en la profundidad del espíritu de aquellos que lo rodean.

-¡Excelente! No hubiese podido elegir mejor. Me los llevo

Y mientras a toda prisa me puse el azul y empezaba a ponerme el negro encima, la piba me paró tomándome del hombro nuevamente.

-¿Te acordás que algunas prendas eran muy poderosas para llevarlas de a dos? Bien, estas lo son, mucho. Tenés que elegir una.

Empezaba a sospechar que sean cuales sean, nunca iba a poder llevarme dos. Sin embargo respondí afirmando con la cabeza.

Lo pensé un rato. Si me quedaba con la sabiduría sería capaz de conocer mejor el mundo, los secretos del universo, entender que sienten las personas que quiero y las que no, poder vivir en paz con todos. Aunque era posible que después de un tiempo me empiece a sentir solo, apartado de aquellos que no han logrado ser sabios. Claro que sabría cómo conectarme con ellos, porque sabría muchas cosas. Pero no estaba seguro de correr el riesgo. Por otro lado, ser joven por mucho tiempo tiene excelente ventajas, ni siquiera tengo que enumerarlas. Además, si tengo una vida longeva y me esfuerzo lo suficiente por entender en algún punto voy a ser medio sabio. Una elección muy difícil, era mucho lo que estaba en juego. Aún asi me decidí, quería entender el mundo. Por las dudas le hice una última pregunta.

-¿El azul da un físico o una psiquis de joven?

- Para nuestra cultura ser físicamente joven es ser saludable, ser psíquicamente joven es ser inmaduro. Por lo tanto ser joven es ser ambas.

-Entonces el azul prolonga una etapa de la vida, sin madurar durante tal lapso no voy a conseguir la experiencia necesaria para ser sabio. Voy a terminar mis días estancado con la madurez del primer día de uso. Ser joven es hermoso, pero sospecho que el serlo de ese modo se haría aburrido en poco tiempo.

-Opino lo mismo.

-Me llevo el negro entonces.

-Qué lástima, no vi cómo te quedaba el negro, pero el azul te queda muy lindo –dijo mientras sonreía encantadoramente mirándome a los ojos.

Esa tarde fui a la playa, acaricié la arena con los pies y me quedé un rato mirando la inmensidad del mar. Un hombre que recorría la playa vendiendo churros me llamó mucho la atención. Me vio y empezó a acercarse ¿Me conocía? De pronto todo su entorno se hizo gris, él parecía brillar. Paro el carro justo frente a mí.

-Gracias, pero hoy no voy a comer churros.

-No vengo por eso - me dijo casi susurrando.

-¿Por qué entonces?

-Sé que ha contactado a las sirenas, yo también lo hice. Sáquele provecho a su bermuda. A mí no me fue tan mal, pero no dejo de pensar que me estafaron. Nos vemos.

De pronto un grupo de personas pusieron música a todo volumen. Sonaba una canción en la que una chica afirmaba que le gustaban besos tan grandes que no le cabían en la boca, o algo por el estilo. No le encontré ningún sentido musical, sin embargo bailé, reí, gocé de la compañía un buen rato. Esa tarde todos me elogiaron el short.





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